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Lectura gratuita: Morir otra vez.

Prólogo

Al abrir los ojos, se sintió confundido durante unos segundos, contemplando un techo de color crema con manchas de suciedad, que le era a la vez familiar y extraño. Notó el cuerpo entumecido y torpe, como en las horas posteriores a la resaca de un viernes noche cualquiera, y al poco comenzó a advertir las conversaciones a su alrededor… 

¿Esa era su madre, la que lloraba?…

Intentó girar la cabeza y notó algo tirante y molesto en la cara. Intentó quitárselo, pero alguien le sujetó el brazo y se lo impidió. La vista la tenía borrosa y le costaba enfocar. Hasta las pestañas se empeñaban en enredarse e impedirle abrir los ojos del todo.

—¡Está despierto!, ¡Está despierto! —gritó alguien a su lado, no supo identificar la voz.

Oyó un rumor de sillas desplazadas y, de repente, su campo visual se llenó de rostros conocidos y ansiosos…

—¡Brian!, ¿Brian?, ¿Me oyes?

Por el amor de Dios, cómo no iba a oírla si le estaba gritando a unos centímetros de la cara.

 Esa había sido su madre, con un rostro que le pareció entrever hinchado y desencajado, aferrándose a sus hombros, sacudiéndolo.

“¿Por qué lloras esta vez?”, se escuchó susurrar a sí mismo en su cabeza.

Intentó contestar, pero la garganta estaba seca y tenía algo en ella que no le dejaba tragar… “¿Un tubo?”. La comprensión llegó lenta.  Ya se había sentido así una vez, cuando unos años antes se encontró entre la vida y la muerte, en el hospital.

Capítulo I

EL TIEMPO AUSENTE

Ya habían pasado varias horas desde su despertar y, por fin, el flujo de visitas de familiares y médicos había cesado y le permitía pensar en su situación.

Con una mano apoyada en la ventana de la habitación, percibía el frío del exterior filtrarse a través del cristal mientras observaba el constante ir y venir de su padre en la calle frente al hospital, fumando pitillo tras pitillo. Se daba cuenta de que sentía un dominio de sí mismo que, dadas las circunstancias, no tenía sentido alguno. Nadie diría que había estado siete días en coma.

 “Una semana… siete días”, volvió a repetirse.

Sería cosa de la medicación que le habrían estado suministrando el ser capaz de sentirse tan ajeno a sí mismo, pese a sus problemas para digerir toda la información que le habían dado en tan poco tiempo. Al menos la pareja de policías que se había acercado a interesarse por él, se mostró comprensiva con su absoluta falta de recuerdos.

Le informaron de que lo encontró una mujer paseando al perro de madrugada, sentado en el suelo y apoyado en la pared de un callejón sin salida, uno donde se acumulan los contenedores de basura para el servicio de los comercios cercanos.

En un primer momento la policía local intentó despertarlo pensando que se trataba de una simple borrachera, pero ante la ausencia de reacciones, llamaron a una ambulancia cuyos sanitarios tuvieron el mismo éxito que ellos reanimándolo.

Sin lesiones aparentes, negativo en drogas y alcohol, la cartera intacta y conservaba el reloj y el móvil.

No poseían pista alguna sobre qué le había ocurrido y él, ahora mismo, no recordaba cómo y porqué había llegado allí. No estaba cerca de ninguna zona que frecuentara, ni siquiera le venía de paso para ir desde su casa al… “¿trabajo?”. Sacudió la cabeza, su memoria no andaba bien todavía. Las imágenes iban y venían sin orden aparente, apenas unos fragmentos inconexos aquí y allá.      

Sus recuerdos de irse a dormir solo, en su piso, bien podrían ser de hace siete días como de un mes atrás.

 —¿En qué piensas? —Le preguntó su madre. Había sido una presencia constante a su lado desde que despertó.

Se volvió a medias para mirarla. Lo que su familia habría pasado durante este tiempo, no quería ni imaginarlo. Estaba muy demacrada y había perdido peso. Su cabello, que siempre recordaba impecable, ahora se encontraba revuelto y algo descuidado.

Se había opuesto, junto con los médicos, a que se levantara tan pronto. Pero al igual que ellos, tuvo que ceder ante la evidencia de que Brian se encontraba bien físicamente y no tenía problemas para mantener un discurso coherente ni para sostenerse en pie. Siete días en coma y se levantaba y actuaba como si hubiera sido una siesta. El neurólogo aún no se lo creía, al día siguiente le harían una batería de nuevas pruebas a fin de determinar si había daños de algún tipo en el cerebro. Por hoy, le había dejado tranquilo tras consentir en retirarle las sondas, a la espera de ver cómo evolucionaba. Brian sospechaba que aguardaban a ver algún tipo de regresión o incluso contemplaban la posibilidad de que recayera en el coma de súbito.

 —En nada particular —Le respondió a su madre con un leve encogimiento de hombros —. Tengo tantas cosas dándome vueltas en la cabeza que no me decido por ninguna —. Y añadió sonriendo:

 —No está mal para alguien que no ha tenido casi actividad cerebral durante una semana.

Su madre lo miró furibunda durante unos segundos:

 —No hagas bromas con eso —dijo casi en un murmullo.

Brian la observó con curiosidad. En cualquier otra ocasión, habría sido mucho más tajante; que estuviera tan contenida indicaba lo preocupada y agotada que se encontraba.

 —¿Habéis ido a mi piso?  — Se le ocurrió de repente.

Su madre afirmó con la cabeza:

 —Con la policía, el segundo día de… bueno. Fue tu padre con ellos y lo revisaron todo, pero no parecía que se hubieran llevado nada.

 —¿Llevado algo? ¿Y eso?  —La interrumpió.

 —No tenías las llaves de casa encima, es lo único que echamos en falta en ese momento. No sabíamos si te habían agredido o qué, igual para poder robar en la vivienda.

 —Nunca salgo sin el llavero, lo compruebo siempre antes de irme a algún sitio… ¿Han aparecido? — preguntó Brian.

 —No, pero tu padre junto con la policía local pidió a un cerrajero que cambiara la cerradura, por si acaso…

Brian no advirtió el gesto de extrañeza de su madre al contestarle, hasta que la oyó decir:

 —¿A dónde vas?, ¿Brian?

Mientras hablaban, él se había separado de la ventana y aproximado con lentitud a la puerta cerrada de la habitación. Su mano ya sujetaba el pomo de la puerta cuando su madre le asió con firmeza de la muñeca.

Se giró hacia ella, la mirada vacía de toda expresión.

 —¿Qué?  —preguntó, con tono seco, impersonal.

La mujer no pudo evitar estremecerse al oírlo, pero, aun así, insistió:

 —En el pasillo hace mucho frío como para salir vestido tan solo con la bata del hospital, ¿no crees?  —dijo con la voz tensa de preocupación.

Brian se volvió hacia la puerta, dudando. Después de un instante, que a su madre se le hizo eterno, relajó los hombros y se alejó hacia la cama.

 —Mejor me acuesto un rato —dijo para tranquilizarla.

 —Sí, mejor —Asintió su madre con evidente alivio —. Voy a llamar a Papá para que vaya a casa y duerma un poco, yo me quedaré en el sofá.

 —¿Seguro? —respondió Brian mirando el destartalado mueble —. Muy cómodo no parece.

 —Después de siete noches, ni lo noto —Fue la réplica de la mujer.

Y salió de la habitación mientras marcaba un número en el teléfono.

“Tengo a todo el mundo esperando que se me vaya la cabeza en cualquier momento”, suspiró Brian.

Encendió la televisión con el mando y seleccionó las noticias del canal 12. Unos minutos después, su madre regresó a la habitación y al poco también las estaba mirando, cosa que él aprovechó para observar de reojo la puerta. Por algún extraño motivo, tenía la absoluta certeza de que alguien había estado espiando desde el otro lado. Y de que no le gustaba nada a ese alguien.

 —Madre mía, como está el mundo —Escuchó decir a su madre respecto de alguna noticia.

 —Pues sí —contestó él, distraído —, no tenemos ni idea.

“Odio, era lo que había percibido al otro lado. Puro y sin ambages”.

Capítulo II

ENEAS

Eneas bajó despacio la tapa del contenedor de basura y guardó su improvisado gancho metálico dentro del viejo carrito de la compra que arrastraba. Hoy no había tenido suerte; en ocasiones las chicas de la tienda de la esquina le dejaban algo de comida a punto de caducar en una bolsa colgada del interior, pero esta vez no había nada.

 “A la próxima”, pensó con resignación. Y se subió el cuello de la chaqueta un poco más.

El atardecer agonizaba, la noche tomaba el relevo y la temperatura comenzaba a caer. Mejor volvía a su refugio en el callejón de los almacenes.

El hombre era uno más entre tantos sin hogar que sobrevivía como podía gracias a la caridad y a algún trabajo esporádico y, sobre todo, a la basura del resto de la humanidad.

 “La basura de un hombre, es el tesoro de otro”, se repetía a menudo. No porque lo creyese en realidad, la basura es, casi siempre, basura; pero había leído la cita en un sobre de azúcar en tiempos mejores y le reconfortaba recordarlo.

La verdad es que había llegado tarde a su cita con el contenedor, así que era posible que alguien se le hubiera adelantado; cada vez había más competencia. Pero se había pasado la tarde esquivando a la policía local y a los de servicios sociales, empeñados en llevarlo a un alojamiento temporal de emergencia por la alerta de bajas temperaturas. Para cuando se dio cuenta y consideró que podía regresar a su ruta habitual, ya era casi de noche.

No se cruzó con nadie en todo el trayecto, que hizo cojeando con levedad, hacía la callejuela donde habitaba. Los charcos se habían helado, cosa que no recordaba ver desde niño, y una ligera neblina se estaba formando.

“Eso tampoco es muy habitual”, reflexionó mientras se internaba en el callejón.

Este presentaba al principio un trazado angosto que se iba ensanchando conforme avanzabas por el mismo. El lateral derecho se encontraba tan lleno de contenedores de basura y cartón que en la entrada acababan formando un auténtico cuello de botella. Tan largo, que los servicios de recogida solo se dignaban a vaciar aquellos más próximos a la salida y el resto llevaban años sin moverse ni limpiarse; la mayoría sin ruedas y con el metal perforado por un óxido perenne que nunca acababa de deshacerlos del todo.

 Eso le venía muy bien, dado que detrás de uno de ellos y oculto a las miradas indiscretas por unas enormes planchas de uralita apoyadas en la pared, se encontraba su “hogar”.

Un rápido vistazo tras de sí para comprobar que no le seguía nadie y se deslizó debajo de ellas. Allí, camuflada por capas y capas de pintura y carteles viejos, se entreveía una puerta metálica con un candado grande.

Metió su mano por el cuello del jersey para coger las llaves que llevaba colgando. Había sido un descubrimiento fortuito durante sus sesiones de “pesca” por la basura y lo cierto era que le había salvado la vida.

Retiró el candado y se introdujo con rapidez en un pequeño cubículo con forma de ele, en el que había instalado un colchón en el rincón de la derecha. Por lo que había podido deducir, era la antigua entrada de trabajadores de lo que aparentaba ser una fábrica abandonada muchos años atrás.

 ¡Hasta había un escritorio enorme de madera y estantes llenos de fichas perforadas! ¡Incluso luz eléctrica! Esa fue la mayor sorpresa, aunque casi nunca la usara por temor a que alguien, en algún lado, advirtiera el consumo en un lugar en teoría abandonado. Una única bombilla daba una luz pobre y anaranjada, pero era un lujo absoluto contar con ella, aunque fuera por unos segundos al día.

Tenía una pequeña pila de libros encima del escritorio y allí dejó su mochila y apoyó el carrito con sus “capturas”.

Era suyo, un hogar; aceptablemente limpio y seco.

 “Y seguro”, pensó mientras recolocaba el candado, ahora por el interior de la puerta. Esta era gruesa y muy sólida y los goznes estaban bien. Nadie vendría a molestarle porque nadie sabía que existían, ambos, la puerta y el hombre.

 —Bueno —suspiró.

Pasar toda la tarde huyendo de los servicios sociales y de su pegajosa amabilidad, le había agotado, así que se dispuso a dormir. Mañana habría que añadir la lluvia al frío y eso complicaría aún más las cosas. No tenía televisión, pero sí buenos oídos y hoy la gente no hablaba de otra cosa en la calle… consecuencias de la moda de poner nombre a las borrascas. Al parecer no era lo mismo anunciar el mal tiempo, que hablar de la llegada de una ciclogénesis de nombre Laura… cosas de la mercadotecnia.

Se quedó mirando el techo en la oscuridad, donde aún se advertía cierta incandescencia en la bombilla apagada… “marketing”.  Eso sí que era algo que tiempo atrás conocía bien.

No tardó en quedarse dormido.

Acababa de cerrar los ojos, o eso le pareció, cuando lo escuchó: un golpe sordo, como el de un fardo pesado al caer al suelo. Y después, apenas el murmullo de un caminar furtivo… hasta le pareció oír un maullido apagado.

Parpadeó y se frotó los ojos con la mano.

“Será un gato”, pensó.

“Salvo que” … y se incorporó a medias en el colchón mirando hacia la puerta.

Salvo que en todos estos años no había visto ni oído a ningún gato en el callejón. Ni gato, ni perro, ni gente… ni siquiera ratas. Siempre le extrañó, sobre todo la ausencia de las ratas, pero como en realidad mejoraba sus condiciones de vida, no le había preocupado. Hasta ahora.

Al fin, la curiosidad venció al cansancio y sacó el candado. Abrió la puerta con lentitud y precaución; los goznes bien engrasados porque el silencio era parte del camuflaje, y salió a la estrecha calle.

Caía una ligera llovizna que casi parecía polvo y la neblina y la humedad se habían apoderado por completo del callejón. Había muy poca luz, las paredes eran muy altas y la farola más cercana estaba decenas de metros más atrás, en la entrada.

Suficiente para Eneas, acostumbrado a orientarse así.

Nada a la vista. Recorrió un pequeño tramo hacia el fondo, pero no percibió ni el más mínimo movimiento. Alzó la vista a los tejados; la niebla se deshilachaba con pereza en la zona alta y el cielo no se veía.

Regresaba despacio hasta su refugio cuando le llamó la atención un objeto de color claro que destacaba por encima de la suciedad habitual del suelo del callejón.

Se agachó de forma automática para examinarlo y, cuando lo reconoció, el estómago le dio un vuelco y el pulso se le aceleró hasta que la sangré atronó en sus sienes:

¡Aquello era el zapatito de un bebé!

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